Nota sobre la libre circulación de los productos culturales

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Antonio M. de Ávila
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Uno de los rasgos identificadores de la sociedad moderna, es la idea de la libertad. Esto es, la libertad se convierte en un principio o el principio estructurante de la sociedad. También en el faro que guía la acción social y el término de ésta, lo que no es incompatible con violaciones, suspensiones y ataques, en el día a día, o en tal o cual país ó nación.

Por doquier esto es así, pero esas presuntas falsificaciones o violaciones no menoscaban la idea original: la libertad como meta o aspiración. Mas bien la confirma y fortalece.

La idea de la libertad trata de superar una falsa contraposición propia de la filosofía moderna, originada en el dualismo cartesiano opuesto a la unidad básica del ser humano propio del mundo antiguo; con la idea de libertad se quiere, como digo, superar la falsa contraposición entre cultura igual a espíritu y comercio igual a materialismo. Se puede contar toda la historia del pensamiento moderno como un intento de superar el dualismo recuperando la unidad y para eso, a partir de Kant, se potencia el concepto de cultura, que se hace sagrado, de ahí el desprecio hacia el comercio que sin embargo es inherente a la propia idea de cultura.

Pero esto, que parece evidente para un ciudadano normal de una nación de la Unión Europea, o del mundo occidental, no lo es. No lo es históricamente. Sólo muy recientemente, la libertad ha sido el principio estructurante de la sociedad.

En general la organización social se ha articulado en torno a otros principios, los provenientes de unas u otras religiones, el dominio o imperio, la conquista, la raza, etc.

Se tiene que producir una gran tensión y torsión para que la libertad como principio se imponga. Diría yo que es una de las características de la sociedad moderna y se fundamenta en lo que Albert Hirschman denomina la victoria de los intereses sobre las pasiones y que dio lugar a la constitucionalización e institucionalización de una sociedad fundamentada en el mercado y si se quiere en un materialismo mínimo que intentaba traer paz a un mundo hastiado de guerras religiosas (Spinoza, Locke, Kant ponen los fundamentos filosóficos , que son analizados económicamente y antropológicamente por P. Rosenvallon o K. Polanyi).

Esta apuesta por la libertad es una apuesta arriesgada, es una apuesta difícil, como muestran los ataques reiterados que este tipo de sociedad origina; desde Maestre o Bonald a Marx , Nietzche y otros tantos , todos en búsqueda de un paraíso perdido).

Pues bien si la apuesta por la libertad es una apuesta arriesgada, me parece imprescindible en el mundo de la circulación de los productos o servicios culturales. Si en algún sector parece imprescindible la libre expresión y el libre intercambio de ideas es precisamente en el ámbito cultural, entendido en sentido amplio o restringido.

En definitiva, esta defensa de la libertad supone una reafirmación y defensa del hombre común, tipo humano propio de los regimenes democráticos que tan bien analiza Friedrich en su bonita obra “La democracia como forma de vida y como forma política” frente al caballero medieval o gentleman semiaristocrático correspondiente a otras formas políticas. Esto es, una persona o individuo responsable,autónomo con capacidad de reflexión y decisión sin que tenga la obligación de obedecer a ningún poder político, religioso o ideológico. Los que atacan la libre circulación de los productos culturales son autoritarios y dirigistas que suelen alegar principios nacionales, religiosos, ideológicos, políticos, etc y desconfían del hombre común (que tampoco tiene relación con el hombre masa de Ortega y Gasset.

Hoy sabemos que ninguna cultura es autárquica y todas se influyen, condicionan e interconectan. En el siglo XVII europeo, inicio de este modelo de sociedad se le llamó la “republica literaria”, esto es se creía en la existencia de una patria común de los creadores, en tanto creadores. Por tanto la cultura exige libertad e intercambio para poder florecer o fructificar. También sabemos que lo que el filósofo español Ortega y Gasset denominó tibetanización ( el ensimismamiento cultural en si mismo, el aislarse del exterior) es la muerte y la decadencia frente al intercambio que es la vida.

Y así lo entendió la UNESCO, cuando en 1959 potenció la firma del Acuerdo de Florencia de 1959, sobre la libre circulación de productos culturales y la eliminación de las barreras arancelarias y no arancelarias y cualquier carga sobre los productos culturales que posteriormente fue enmendada en la misma línea el Protocolo de Nairobi de 1976 y que aún hoy, sigue sin firmar numerosos países.

Dos observaciones sobre lo que acabamos de decir, por un lado que estas afirmaciones, principios e instrumentos jurídicos tan necesarios para el adecuado diálogo entre culturas, civilizaciones, personas y países es si cabe mas necesario en áreas idiomáticas comunes, que tienen características y tradiciones idénticas. En la libre circulación de ideas, personas y productos está la riqueza y la adecuada economía de escala que abaratan y acercan a la mayor parte de los ciudadanos, los productos y los servicios culturales.

Segundo, lo que decimos, que aparentemente parece obvio es que el diálogo y el intercambio como fuente de enriquecimiento mutuo, tienen numerosas enemigos y es difícil ponerlo en práctica. Las dictaduras, de cualquier signo político que sean, nunca han querido la libre circulación de las ideas. Es para ellas algo revolucionario. Prefieren el control y la censura y mantener a sus ciudadanos en un permanente y orwelliano estado de dependencia y minoría de edad. En busca de un imposible mundo feliz.

La realidad presente y la historia nos da una gran evidencia empírica de lo que decimos. De hecho muchos de los países no firmantes del Acuerdo de Florencia de la UNESCO de 1959, se engloba en la categoría de los regimenes autoritarios. Otras veces son las religiones las que menoscaban esa aspiración y deseo de libertad, que es inherente a la producción cultural.

En estos momentos de globalización, esto es de búsqueda de mayores ámbitos de libertad y diálogo entre personas y culturas, el mundo cultural se encuentra que, por un lado debe cumplir el Acuerdo de Florencia y los principios de no discriminación y transparencia de la Organización Mundial de Comercio, y por otra se postula una intervención de los poderes públicos en el sector cultural, so capa de proteger ( palabra peligrosa .) la diversidad cultural. Nos referimos al tratado sobre la diversidad cultural auspiciado por la UNESCO y que en alguna de sus partes, es o puede ser aplicada de manera contradictoria con otros instrumentos y tratados jurídicos internacionales. Ya veremos como se van resolviendo los temas.

Por último, queremos señalar que esa necesidad y afirmación de la libertad es a nuestro juicio, perfectamente compatibles con determinadas singularidades, que pueden tener la actividad económica de la industria editorial. Nos referimos a la problemática del precio fijo de los libros que no es incompatible con el principio de libertad, al contrario, lo fomenta, al exacerbar la competencia entre los productores, esto es los productores, esto es los editores impide la fiscalización de los poderes públicos en esa actividad y el control en fronteras.

De hecho un mercado perfecto no existe en ningún sector de la actividad económica. Todos los mercados: alimenticios, culturales, otros, públicos, tecnológicos, tienen peculiaridades propias que se fundamentan en la naturaleza de la propia actividad o de sus actores

Lo mismo ocurre en el la industria del libro y en esas peculiaridades (industria de economía creciente .necesidad de fortalecer la oferta, mercado de consignaciones) es donde encontramos la justificación del precio fijo, que no impide ni la competencia exterior, ni la competencia entre los productores y que no se somete a ninguna intervención pública. Esto es, reúne las condiciones de libertad en que se fundamenta nuestra mundo.


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Stream: Books, Writing and Reading
Presentation Type: Paper Presentation in English
Paper: Nota Sobre la Libre Circulación de los Productos Culturales


Antonio M. de Ávila

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